Con Calígula, de Albert Camus, su director, Santiago Sánchez, y la compañía L´Om-Imprebís, ponen en primer plano al Camus dramaturgo, pues, como señala Sánchez, «desde su juventud se interesó por el teatro y lo que significa: «un arte de carne y hueso. Si quieres vivir la verdad, haz teatro», escribió». El montaje, tras una gira, recala en el madrileño Teatro Fernán Gómez desde el 11 de marzo hasta el 11 de abril.
¿Cómo encuadraría «Calígula» en la trayectoria de la compañía?
Tenemos tres líneas de trabaj un teatro basado en la creación en directo y el humor, con títulos como Imprebís o Monty Python; pequeñas joyas teatrales que deben darse a conocer en España, como hicimos con Cousse, Koltés o La mujer invisible de Kay Adshead y, finalmente, los grandes textos: de clásicos españoles -Quijote o Don Juan-, o de autores europeos del XX, como Brecht y su Galileo o, ahora, Calígula. Creo que nuestra labor con un teatro de creación confiere una interpretación muy viva y llena de energía a los grandes textos, al tiempo que trabajar con autores como Camus, Brecht o Cervantes, aumenta la profundidad de nuestra creación en directo.
«Calígula» forma parte de la trilogía sobre el idealismo y la utopía, junto a «Galileo» y «Quijote». ¿Cuál es la relación y la diferencia entre ellas?
Los tres personajes parten de constatar que la sociedad en la que viven no les satisface y su necesidad de ponerla en cuestión, sentimiento compartido por muchos. Así surgen tres comportamientos diferentes: la lucha de Galileo contra los poderes establecidos para demostrar sus ideas, que acabarán transformando la concepción del mundo; el refugio en una realidad alternativa que, al conformarse en la cabeza de don Quijote, comienza también a cambiar la percepción de la cosas en los que le rodean; o la imposición de esa verdad y lógica personal desde el uso del poder absoluto que tiene Calígula. Aquí también se produce un cambio pero, desgraciadamente, de destrucción. Ahora que los conceptos de utopía e idealismo se cuestionan creo importante reflexionar sobre su necesidad, pero es en la forma de desarrollarlos dónde radica la diferencia. Hay que aceptar que la realidad es relativa y no dogmatizar. Quienes se han creído en posesión de la verdad absoluta, ejerciendo además un poder absoluto, nos han llevado a grandes desgracias de la Historia.
¿Es una versión fiel su montaje?
Al elegir una de estas grandes piezas lo haces desde la admiración. No tendría sentido no ser fiel. El propio Camus escribe en sus Carnets: «¿Por qué soy un artista y no un filósofo? Porque pienso según las palabras y no según las ideas». Ha habido un respeto absoluto a sus palabras. Comenzando por la versión, que ha querido resaltar la fuerza del texto con un lenguaje directo que se acerca al espectador de hoy, sin perderse en la retórica. Hemos querido ofrecer un Calígula completo, con toda su esencia y con su aplastante poética.
¿Introduce «novedades»?
Bueno, desde su primera versión en 1.938 hasta la definitiva de 1.958, el propio Camus la fue transformando. En estos últimos cincuenta años ha habido una evolución plástica que había que considerar. Se manifiesta sobre todo en aspectos estéticos como la escenografía de Dino Ibáñez que, desde un planteamiento conceptual, nos traslada de la Roma Imperial a una atemporalidad y nos recuerda la metáfora de Camus: aunque sitúa la acción en el Imperio romano advierte que los hechos se han repetido a lo largo de la Historia y llegan hasta hoy. Ese trabajo lo completa el vestuario de Sue Plummer, que ha hecho una apuesta valiente.
¿Qué efecto desea producir?
Pensar, sin olvidar el disfrute, pues, como decía Brecht por boca de Galile «pensar es uno de los mayores placeres del ser humano» y, quizás, hoy, salpicados de consignas y pensamientos prefabricados, cada vez perdemos más la capacidad de análisis, el espíritu crítico, una capacidad de relativizar, que me parecen ahora más necesarios que nunca. Ese es uno de los valores que el teatro, la lectura, el arte en general, debe ser capaz de aportar a la sociedad.
Camus escribió esta obra con el trasfondo de los totalitarismos. ¿Existen hoy «Calígulas»?
En un momento de la obra, Calígula, habla del miedo, ese sentimiento que cambia nuestra comportamiento, que nos hace pensar que no podemos ser libres... Todos los totalitarismos se han sostenido en el miedo, en el terror incluso. Siempre que un Estado, un pensamiento, un individuo... fomenta el miedo son «Calígulas», que engendran una forma de totalitarismo. Y eso hoy no nos es ajeno. Y, ¿cómo respondemos a esas situaciones? Camus señala que el hombre absurdo es el que mira cómo se condena a otros hombres o a sí mismo y permanece inmóvil, silencioso... Muchos silencios han sido y son cómplices de expresiones de totalitarismo.
¿La dialéctica entre libertad y justicia tiene salida?
Quiero creer que sí, aunque me temo que es una de las grandes contradicciones históricas sin resolver. Quizá tenga una respuesta desde la ética personal, porque como escribió Camus «si un hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo». Parte de la historia del siglo XX es la historia de un fracaso. Ideologías que han pregonado la libertad han creado una enorme injusticia social y otras que buscaron la justicia lo han cercenado las libertades. De ahí las denuncias de Camus tanto a los fascismos europeos, como al estalinismo soviético pero también a la indecencia que hay en alegrarse por el fin de una guerra con la explosión de la bomba de Hiroshima.
«Los hombres mueren y no son felices», dice Calígula. ¿Es sólo un tirano?
Hay dos «Calígulas»: el histórico y el de Camus. Camus no quiere hacer una obra histórica sino una gran metáfora. Metáfora, claro, de la tiranía pero también de la insatisfacción, de un joven de 29 años que no encuentra el sentido de su vida, que ve como los hombres mueren en la infelicidad, que no le basta el amor... Por eso lo entendemos, estamos cercanos a su lucidez. En ese sentido, Calígula es la tragedia de la inteligencia.
¿Qué relevancia le da a la música en directo en este montaje?
Mucha. Los ritmos de percusión le dan una energía esencial y una ambientación que aleja de las manidas convenciones romanas de género. La música se convierte en el latido del espectáculo completado con un trabajo de movimiento coral.